Indeleble

El lápiz con el que ella, cada mañana, se lo dibujaba, nunca se consumía. Podía dibujar en el aire todas y cada una de las ideas que pasaban por su diminuta y joven cabeza. Aunque nunca había salido de la quinta planta del hospital universitario, era capaz de dibujar hasta el olor del azahar en primavera. Su padre la observaba mientras ella delineaba y coloreaba sobre un lienzo efímero. Todos sus dibujos se borraban antes de que pudiera lograr terminarlos, eso sí, había uno en especial, uno que no se borraba, que permanecía todo el día inalterable esperando ser dibujado al día siguiente: una sonrisa en la cara de su padre.

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