Profesional

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Indudablemente era su madre. Estaba contrariado. Aquel cuerpo inerte que estuvo tratando durante cincuenta minutos era de la persona que le había dado la vida. La vitalidad lozana se había transformado en pasividad moribunda. Hundió sus pulgares con más fuerza mientras recorría toda la columna vertebral hasta llegar al lunar, ningún movimiento. Por más que él quisiera, aquel cuerpo ya no tenía vida. Estaba cabreado. No haberla reconocido era algo intolerable para un masajista profesional. Se limpió las manos y se marchó de aquella habitación. Su móvil le recordó su siguiente cita, el señor Antonio le esperaba.

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