Tristana

Nunca había entrado a una librería. Leer le parecía un entretenimiento baldío, sin sustancia, una pérdida da tiempo. Mientras su hija se perdía entre las estanterías, él la esperaba sentado en el banco de la calle escuchando a un violinista tocar. Era extraño, aquella música era tan embaucadora que hizo que los músculos de su cara relajaran su rostro malhumorado. Miró dentro de la tienda a través de la reja de la puerta de hierro forjado y allí estaba ella sentada sobre el suelo leyendo “Tristana”. Empujó la vieja puerta de hierro. Entró y ya nunca salió.

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