Resort

En el lugar más recóndito de la isla han instalado un hotel de cinco estrellas, está perfectamente integrado en aquel paraje virgen en el que crecimos entre necesidades y rumba. Bailábamos y bailábamos para sentirnos libres. Un lugar donde la lucha contra el adversario externo era más importante y necesario que la supervivencia de los que tan sólo teníamos nuestra ilusión.

Ahora veo turistas tirados sobre toallas mientras toman mojitos de doce dólares, disfrutan cenas copiosas de marisco y duermen entre sábanas de seda. Que tiempos aquellos donde no sabíamos que el progreso era esto.

Aquí sigo yo, con mis ocho dólares diarios bailando para sentirme libre.

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