Lotería

Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá, y yo, una vez más, en completo silencio, recorría la espesa bruma de gritos y reproches que envolvía aquel salón victoriano, al que ellos llamaban hogar. Otro día, la nueva vida de opulencia me obsequiaba con un solitario y largo paseo de lágrimas hasta la escuela.

Al cerrar la puerta de la mansión, sentí el frío de la mañana en mi cara húmeda. Abroché mi abrigo, me refugié entre la capucha y la bufanda, agache la cabeza y paso a paso comencé a maldecir el momento, en que aquél boleto de lotería nos trajo la felicidad a nuestro humilde sótano.

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