Me acuerdo de mi vida

Me acuerdo cuando paseaba por el hospital sin saber donde iba.

Me acuerdo de las caras de mis amigos cuando me veían los brazos llenas de marcas después de venir del hospital.

Me acuerdo que no corría, que nunca me elegían para jugar en el primer equipo de futbol en el recreo del colegio.

Me acuerdo cuando jugué un partido de futbol y la pelota me dio en la cara, la nariz me sangraba y las gafas cayeron al suelo haciéndose añicos.

Me acuerdo de mis amigos del colegio, los que leíamos en el patio, porque nadie se fijaba en nosotros.

Me acuerdo de que me aburría con los niños de mi colegio y me fui a estudiar al instituto en nocturno.

Me acuerdo de mi primer día de trabajo con trece años, cuando mi padre me dejó ir a su taller y me puso frente a una máquina de cortar aluminio.

Me acuerdo de la primera percha que hice, de mi primer trabajo terminado y de que sólo me quedaban otras dos mil novecientas noventa y nueve.

Me acuerdo de cuando cobré treinta mil pesetas, en unas navidades, me las gasté todas en comprarme el Scalextric que mi madre nunca quiso regalarme por mi cumpleaños.

Me acuerdo de que quería ir a la mili, pero también, que quería librarme porque era asmático y no podía correr.

Me acuerdo que nunca nos llevaron a correr.

Me acuerdo que me dieron un permiso en la mili porque operaban a mi padre de la rodilla, pero no llegue a ir al hospital y me fui con una amiga a tomar café.

Me acuerdo que no sabía disparar con la derecha, porque no sabía guiñar el ojo, y me obligaron a disparar con la izquierda.

Me acuerdo que cuando me licenciaron de la mili apuntaron mi nombre por ser un tirador zurdo.

Me acuerdo que un día desayunando estalló la guerra del golfo y tuve miedo, ¿y si me llamaban porque era un tirador zurdo?

Me acuerdo de lo mal que me porté con aquella chica que tanto me quería, pero tanto me agobiaba con sus besos.

Me acuerdo que hubo una chica, pero no me acuerdo como se llamaba, ni como era, ni que pasó, ni porque la dejé.

Me acuerdo de ella, la primera, que fue también la quinta, la sexta y la novena, y que siempre estará ahí aunque ya no esté aquí.

Me acuerdo que no te quería a ti, pero que sin saber porque, ni pensarlo, ni esperarlo fuimos un nosotros más de una década.

Me acuerdo de todas las veces que me dejaste, de todas las veces en la que me arrastré para retenerte, todas aquellas veces en la que perdí mi dignidad para no perder tu presencia.

Me acuerdo del olor de las rosas, de la dirección de la floristería y del número de Vicente, ¡te llevó tantas flores!

Me acuerdo cuando los días se median en minutos. Cuando cada despertar era una sorpresa y la vida se vivía sin pensar en el siguiente segundo. Me acuerdo de como la alegría más grande que una persona pude tener, se desvanece en tan sólo una palabra, «hay que trasladarlo a la UCI de Virgen de la Reixaca» y entonces sabes que hay que reponerse, limpiarse los ojos, coger el coche y salir corriendo detrás de una ambulancia sin saber donde vas, sin pensar que va a pasar, sin nada de esperanza y con toda la esperanza.

Entrar corriendo, como había visto en las películas, buscar la sala desesperado, llorando, con ganas de gritar, pero sin voz. Que te reciba el médico, tranquilo y calmado, mientras tu miras por encima de su hombro dentro de la sala. Él, con profesionalidad y haciéndose cargo de la situación, te explica la situación con términos que tu no entiendes y eres incapaz de retener. Pero da igual, ya habrá tiempo para que te lo expliquen, sólo quieres verlo.

Y lo ves. Acostado. Lleno de cables y tubos, y una máquina que no para de pitar cada diez segundos. Duerme. Lo miras, pero tus ojos llenos de lágrimas te impiden verlo. No quieres que te vea así. Te limpias con disimulo y recuerdas que la otra parte de tu vida está a cincuenta kilómetros de allí. Estás paralizado, sin saber que tienes que hacer, arrancarte el brazo derecho o el izquierdo, irte o quedarte. De pronto la burocracia te ayuda a salir de dudas, te alegras o no, tan sólo has solventado momentáneamente el menor de tus problemas.

Luego llegaría un día, y otro, y otro más, todos cargados con la misma desesperanza e ilusión. Las mismas esperanzas infinitas y posibilidades inexistentes. Las noches sin dormir en una casa que había dejado de ser hogar, y las mañanas en una sala de espera que se había convertido en la casa de nuestra vida.

Los días eran de hora y media a tramos de treinta minutos. Cada pedazo de día estaba separado por interminables horas de espera desesperante. Pero, esa media hora, era tanto como un año de vida. No iba a llorar. No iba a desperdiciar ninguno de los segundos que compartiéramos, no había tiempo que perder. Sólo quedaban los momentos bonitos, como cuando toda la familia, aquel día de nochebuena, pasaron a verlo, o cuando su madre lo cogió en brazos por primera vez y él la miró, mientras yo, esa vez sí, lloraba viendo aquella escena que había llegado demasiado tarde.

Un día, el siglo decidió empezar, y él no pudo más, yo tampoco. Me acerqué a su oído, le acaricié su carita y le susurré, entre lágrimas,

— Gracias Fede. Ya no merece la pena, te quiero. En veintitrés días me has enseñado más de lo que yo nunca podría haberte enseñado en toda la vida. Déjate llevar, ya no merece la pena.

En ese momento, una lágrima recorrió su cara de recién nacido y lloró, por primera y última vez.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s