Salir de dentro

Cada mañana, tan sólo unos minutos antes de que sonará la alarma, Axel se levantaba para completar su rutina diaria. Un primer repaso al móvil para leer los correos, mensajes, las redes sociales y como no, las últimas noticias aparecidas en prensa. Paseo por la báscula para comprobar que nada ha cambiado, y para terminar, enfundarse un traje de corte clásico que le daba ese aspecto de persona sería y responsable que necesitaba transmitir. 

Nunca desayunaba en casa, odiaba prepararse el desayuno, tener que empezar el día con una actividad insustancial, aunque también odiaba ir a la cafetería y esperar a que le sirvieran la tostada y un café sólo corto, que nunca acertaban a preparárselo como a él le gustaba, a pesar de ello, la comodidad primaba al comienzo del día. 

En el trayecto que le llevaba desde su casa hasta la gran ciudad, aprovechaba para escuchar las noticias, repasar mentalmente el día anterior y pensar como afrontar el trabajo pendiente. Aunque su actividad comenzaba a las 9 de la mañana, solía madrugar mucho para evitarse los atascos de entrada y así, poder encontrar aparcamiento lo más cerca del trabajo, los inconvenientes de tener las oficinas en el centro de Madrid y vivir fuera de la M-30.

Desde que acabó la carrera, con matricula de honor y sin repetir ni un sólo curso, no tuvo un día para pensar que hacer con su vida. Aquella oferta de su profesor fue irrechazable. Ya habían pasado cinco años desde que entrara en el centro de investigación de la universidad. Aunque no era un trabajo que le apasionaba, le permitía pagar las facturas y tener dinero para su afición.

Su vida transcurría entre la tranquilidad del trabajo y su pasión por la lectura. Devoraba los libros. Daba igual que el tema fuera de ficción o ensayo, él sólo quería acabar el día para ponerse frente al libro. Se colocaba frente a la ventana que daba al parque, sentado en la mecedora que rescató de un contenedor y allí, pasaba las horas.

Cuando ya había acabado con todo el espacio disponible para apilar los libros que compraba diariamente, se pasó al libro electrónico. Ahora podía comprar a cualquier hora y en cualquier sitio, almacenar literatura y leer sin agotar su ya reducido espacio vital. 

Se podía decir que tenía una vida fácil, pero claro, no todo era tan idílico. Su soledad elegida le había aislado de todo, y ahora ya no encontraba la manera de volver a conectarse con el mundo. Sus amigos ya no contaban con él, siempre tenía una excusa para no salir. Los compañeros de la universidad, se quedaron allí, nadie podía seguir su ritmo académico. Y las chicas, difícilmente se acercaban a alguien que tenía metida la cabeza dentro de un libro, mañana, tarde y noche. 

Aquella situación era insostenible. Sabía que no podía seguir encerrado en su mundo. Compró los últimos libros de autoayuda publicados, diez en total, y se puso a buscar la fórmula mágica que le ayudara a salir de esa sombra. 

Durante el fin de semana leyó un libro tras otro. Apenas paraba para dormir unas horas. Pedía pizzas para comer y así no perder tiempo en la cocina. El domingo por la noche ya había leído todos los libros, asimilado cada concepto y hasta había construido una teoría que le ayudaría a ser una persona más sociable en tan sólo diez etapas.

No funcionó. Aquellos libros le dieron una esperanza que no era real. No es que no funcionara la teoría, sino que en la práctica, no consiguió romper la burbuja en la que se había metido.

Decidió cambiar de estrategia. Para ello, esta vez eligió los mejores libros sobre la amistad y los mejores relatos  de amor que habían conmovido a la humanidad a lo largo de la historía. Quería saber que se escondía detrás de los sentimientos de las personas, de sus vivencias, aspiraciones, ilusiones y decepciones. 

Esta vez no se encerró en su casa. Busco espacios donde hubiera gente corriente con vidas corrientes, mientras él, se sumergía en la profundidad de las historias de reyes, doncellas, espías, amantes y amores no correspondidos. Intentó imbuirse de aquellos sentimientos primarios, que su alma cogiera el músculo suficiente para afrontar una nueva estrategia que le acercará al alma de otras personas.

La nueva estrategia tampoco funcionó. Seguía en su soledad incapaz de conectar con nadie. Axel estaba desesperado. No entendía en qué fallaba, qué hacía mal, ¿qué camino debía seguir ahora? 

Una mañana de sábado, mientras paseaba errático por el parque, una niña se le acercó y le preguntó «¿Estás triste? ¿Quieres que te lea un cuento?» Antes de que Axel pudiera contestarle, la niña le había cogido la mano y lo guiaba hasta el banco junto al sauce que había en el caminal de tierra. 

Ella abrió su libro y comenzó a leerlo con una facilidad impropia de una niña de cinco años. Él no pudo dejar de prestarle atención ni un segundo, estaba absorto escuchando a la niña. No era por su voz joven y aterciopelada, ni por su entonación e interpretación teatral en cada párrafo que leía, ni tan siquiera por las mil explicaciones que le daba de todos los dibujos, era simplemente por la profundidad de su alma sincera y limpia de intención.

Se despidió de ella como un caballero que abandona a su dama antes de partir a la batalla. Se encerró en su casa y ya no leyó más, ni trazó ninguna estrategia, tan sólo cerró los ojos y sintió su corazón, su respiración y su alma.

Hoy hace un año que dejó su trabajo para dar conferencias por todo el mundo. Tras el éxito de su libro «La felicidad de tu (y) yo» no ha estado un momento ni sólo, ni en soledad.  Cada día, en cada parque de cada ciudad, pasea sonriente para no olvidar que ella siempre estará con él.

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