Vomitar palabras

He vuelto a escribir. Ya sé que te sorprenderá. Juré y perjuré que no volvería a ponerme delante de un ordenador para redactar, y lo he cumplido.

¿Recuerdas cuando me decías que no me preocupara, que la tarea del escritor era escribir, reescribir y volver a reescribir? Cuanto me enfadaba, después de horas y horas robadas a mi vida, al descanso y al trabajo, llegaba al taller literario, donde tú, sin el mayor miramiento, sin ningún pudor y sin tener en cuenta que era mi primera vez, rompías todo lo que había hecho y me obligabas a reescribirlo. 

Ahora puedo decirte, que ya han pasado más de dos años, que llegue a odiarte. Pensé en dejar el taller, total, yo no vivía de esto, tan sólo era un entretenimiento, un pasar el tiempo, una terapia para olvidar aquél accidente que se llevó por delante lo que más quería, aquello que daba sentido a mi vida. A nuestra vida.

La soledad no se cura con soledad, al igual que la vida no puede reescribirse, como sí hacía con los cuentos que me obligabas a componer. Que fácil era borrar y volver a escribir un final bonito, aquél que por mucho que yo quisiera, solo existía en mi imaginación, en mi deseo de que nada de esto hubiera ocurrido.

Durante meses estuve yendo a tus clases. No me interesaba la gramática, ni tan siquiera las claves de una buena novela, o como hacer que un cuento tuviera magia. Solo quería poder sacar de mí, todo este dolor que me ahogaba plasmándolo en un papel, antes de que el odio me comiera por dentro, o saliera al exterior en forma de una violencia impotente.

Sería egoísta por mi parte decir que para ti fue fácil. Que tu ya sabias escribir antes de lo ocurrido, que ese camino ya lo tenías hecho. Desde aquel día, no pudiste dibujar con palabra, ya nada te ilusionaba, nada te daba la fortaleza suficiente para ponerte delante de un ordenador y relatar dejando aparte tu dolor. Tu sabias escribir, pero no podías. Yo quería escribir, pero no sabía. Y lo peor de todo, no supimos ser nunca más un nosotros que compartiera una vida, un futuro, una nueva ilusión.

Ayer te vi paseando por la feria del libro , elegante,  meciendo el carrito de tu bebé recién nacido. Una joven se acercó a ti para que le firmaras tu nuevo libro. Volví a verte sonreír. Hay historías que mueren, para que otras puedan nacer.

Al contrario que tú, yo no he podido avanzar, no he podido salir del dolor. No pienses que te guardo rencor, siento una felicidad extraña, ajena, impropia que me da la fuerza necesaria para ponerme nuevamente, recordando tus clases,  frente al folio en blanco, con la vieja máquina de escribir Underwood, que compré en el mercado de Portobello, y vomitar de una sola vez, lo que siento, lo que quiero, lo que vivo. Escribiré por ti y para mi. 

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