«Se traspasa»

Cuando había conseguido hacer la mejor Créme Broûlée de Paris, el restaurante que le había acogido, ya hacía casi dos años, había colgado el cartel de «Est transferé». Eso significaba para ella que tenía que buscar otro trabajo.

Su vida había sido siempre un mirar hacia adelante, no tuvo el privilegio de parar a lamentarse. Todo era continuar, avanzar, luchar y volver a buscar un espacio donde poder sentir que seguía viva su ilusión.

Alina se había criado en una familia humilde, donde la austeridad venía con el guion de sus vidas. Vivían  preocupados por el hoy y por el mañana, sin olvidar que ayer ya se sufrió para poder acabarlo. Ella soñaba con ser una gran chef, pero aunque sabía que nunca podría llegar a estudiar en el Instituto Paul Bocause de las afueras de Lyon, no iba a renunciar tan fácilmente a cumplir su deseo. Mientras todas sus amigas disfrutaban de los placeres de la pubertad y la loca juventud, ella se encerraba, en la biblioteca del barrio, todos los fines de semana a leer los manuales de cocina, los recetarios, los manuscritos de historia gastronómica y en especial su libro preferido, El Practicón de Ángel Muro.

Aquel libro tenia comidas imposibles, no solo para ella, sino para cualquier persona que no tuviera el tiempo y la paciencia necesaria para cocinar recetas de finales del siglo XVIII. Sin embargo, Alina podía saborear aquellos manjares culinarios con tan solo leerlos. Sentía que era parte de ese mundo de cocinas de leña, alacenas repletas de especias frescas, faisanes y conejos colgados en el palo del patio esperando a ser cocinados y su parte preferida, la cajita de madera recubierta con un paño de hilo blanco que mimaba con su tacto suave, tres trufas del tamaño de un puño. Nada que ver con su vida austera donde las delicatessen eran un plato prohibido. 

Pero ella no renunciaría a su sueño nunca. Siguió leyendo, imaginando y construyendo su menú especial, ese que algún día colgaría de su propio restaurante. Un pequeño local de cocina de autor,  que sirviera cocina rápida de alta calidad. El tiempo era un lujo que pocos podían disfrutar, comer ya no era un placer, sino tan solo una necesidad fisiológica para recuperar fuerzas con las que afrontar las horas de trabajo que quedaban por delante.

Su padre, un fontanero autónomo que trabajaba siete días a la semana, y su madre que trabajaba doce horas en la fábrica de conservas por un salario que apenas les permitía llegar a fin de mes, veían en Alina, su única hija, la ilusión de la juventud que un día ellos tuvieron. Aunque hacían más de lo que podían, sabían que todo era poco para conseguir que su tesoro más preciado, pudiera cumplir los sueños a los que ellos renunciaron. Ahora su esperanza en el futuro tenía nombre de bondad: Alina.

Con la fortaleza de luchar por lo que quieres y la vergüenza de reconocer que no podían dar a su hija una vida mejor, se tragaron su orgullo y pidieron el dinero necesario para poder enviar a su retoño a la mejor escuela de cocina de Madrid. Arman, el tío materno de Alina, había hecho dinero en la época del estraperlo gracias a su amistad con un General franquista que le permitió comerciar a cambio de llevarse parte de las ganancias. Ellos lo consideraban dinero sucio, fruto de aprovecharse de la miseria humana de los derrotados de la guerra, pero nada era más negro que ver como Alina no conseguiría salir de aquel agujero de pobreza sin ese dinero.

Ella nunca supo como sus padres consiguieron el dinero para pagarle sus estudios de alta cocina, pero se juró que les devolvería cada euro, emplearía su tiempo libre para trabajar, no habría empleo pequeño, ni recompensa más grande que un céntimo ahorrado. 

Estudiaba por las mañana, apenas comía, entre las clases y el trabajo por las tardes, ocupaba su tiempo en salir adelante. Hizo de todo, freganchina, pinche, camarera o incluso limpiadora de madrugada cuando el restaurante cerraba. Era feliz, sabía que todo ese camino tenía un sentido, una promesa que cumplir y una gratitud que devolver. No perdió ninguna oferta y así le llegó la oportunidad de ir a Paris un verano a trabajar como pinche de cocina. Aunque era una osadía y no sabía francés,  no podía despreciarla. Allí regreso el siguiente verano y el siguiente, hasta que se quedó definitivamente para no volver a su Madrid natal. 

La muerte de sus padres, en un trágico accidente, le dejo huérfana de familia y ciudad. Ya nada le unía a sus raíces, ni nada le daba la suficiente alegría para volver y enfrentarse a la realidad de su soledad. Siguió en Paris buscando un futuro que le hiciera olvidar su pasado de dolor y su lucha permanente por subsistir. Un camino que tampoco fue fácil, pero nada lo había sido en su corta vida. Alina,  a pesar de todo, no perdió su sonrisa, ni su bondad, ni su deseo por triunfar. 

Los siguiente dos años en la capital parisina fueron un aprendizaje permanente, desde el idioma, hasta las recetas con mantequilla, el foi-gras y los quesos de todo tipo. Leyó, estudió y se enamoró de sus gentes y su cultura, sentía que aquella ciudad le atrapaba, era una parisina más.

Cuando llegó ese día al restaurante y vio el cartel de traspaso, supo que debía nuevamente tomar una decisión. Recordó el esfuerzo que tuvieron que hacer sus padres, ahora no podía fallarles, después de  conseguir  ahorrar hasta el último céntimo que le dieron para estudiar. Sin dudarlo un sólo minuto, supo que merecía pena intentarlo. Descolgó el cartel de «Est transferé». Entró decidida en el restaurante, y le dio la vuelta al letrero que colgaba sobre la puerta de cristal de la entrada.  Pasó de «fermé» a «ouvert». Así empezó su nueva vida, un nuevo camino que le llevaría a su sueño.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s