Una gramática de fantasía

Cuando se inscribió en el curso de literatura creativa tenía muy claro cual era su objetivo. Leyendo el programa de aquel curso de verano, pensó que iba a ser llevadero, un sólo un día a la semana durante tres meses, era poco tiempo. Sin embargo, el último mes se le hizo eterno, tedioso e insufrible, tener que asistir por voluntad propia, a lecciones de gramática y técnicas literarias era demasiado. Él tan sólo quería aprender a escribir una carta de despedida para el último día de su vida, ese día que acabaría por fin su calvario. El momento que celebraría con alegría el principio y el final de todo.

La profesora del taller literario, una señora mayor criada en una familia de la burguesía catalana, era una amante de los cuentos. Presumía de que su biblioteca estaba repleta de libros de fantasía. Contaba con volúmenes de autores clásicos como los hermanos Grimm, la colección completa de Calleja y los cuentos del gran Gianni Rodari. También tenia obras de escritoras más modernas como Alice Munroe, Ana Maria Matute y Barbery Muriel. 

Amaba a todos y cada uno de esos autores, pero su preferida era Gloria Fuertes, no perdía la oportunidad de contar, entre lágrimas, el año que fue a la feria del libro para conseguir su autógrafo y terminaron juntas tomando vinos en el Barrio de las Letras. Aquel encuentro fue para ella el despertar de un mundo gris que le sumergió en un planeta de fantasía donde no existía límite humano.

Ese día propuso a sus jóvenes literatos, cansados y aburridos,  que rompieran los esquemas, que olvidaran todo lo habían aprendido y simplemente jugaran con las palabras, como un gato juega con el ovillo de lana. Para que entendieran de que les estaba hablando, les leyó un cuento de Gianni Rodari, un breve relato donde la imaginación volaba para escaparse del libro e inundar cada espació de la habitación. 

Leía muy pausada, con un acento que recordaba a los juglares, pero con un color de voz que haría sonreír hasta el más triste de los condenados a vivir. Nadie fue capaz de interrumpirla, ni tan siquiera cuando ella cerró el libro y mirándolos a los ojos les dijo con una voz dulcemente susurrante: «fin».

Mientras cada uno de los alumnos volvía en sí, ella cogió la tiza blanca y comenzó a escribir dos palabras en la pizarra. Ellos estaban expectantes. Todos seguían el trazo firme, elegante y seguro de la profesora. Se dio la vuelta y les propuso que en medio folio escribieran una historia, que unieran esas dos palabras en un cuento, que utilizarán su imaginación y rompieran los moldes y técnicas literarias que habían aprendido, lo único que importaba era que se dejaran llevar.  Un cuento que sedujera lo suficiente para que el lector, aun sabiendo que era una fantasía, quisiera ser parte protagonista de la historia. 

Las dos palabras que había escrito la profesora fueron: gramática y fantasía. Y mi cuento quedo así:

Podría buscar una combinación, como ya hizo Rodari, y hablar de la «gramática de la fantasía», pero sería un burdo plagio y ustedes me odiarían cuando un día leyeran el libro original. Eso me llevó a buscar otra combinación, como «la gramática dentro de la fantasía», parecía interesante, pero igualmente resultaría poco atractivo si usted, querido lector, no estuviera dispuesto a imbuirse en una clase de literatura, otro ejemplo que se aleja bastante de mi objetivo inicial. Así que seguí buscando. 

El tercero de mis intentos me llevó a pensar en «la gramática y la fantasía», pero nuevamente, sin quererlo hacer de manera consciente, me convertiría en el profesor que siempre quise ser. Descarté esta idea, pero seguí buscando otras combinaciones posibles, no sean tímidos, estoy abierto a cualquier idea, aunque tengo recurso para inventar una historia con estas dos palabras, una mano siembre se agradece. 

El siguiente intento,  ya se acercaba más a mi cometido, a aquello que nos había pedido nuestra anciana profesora. Hablaría de «la gramática contra la fantasía», o incluso «la fantasía contra la gramática» . Podría funcionar, cumplía una de las reglas fundamentales, un conflicto que resolver donde una de las partes vencerá y la otra saldrá del texto derrotada. Los lectores podrán identificarse con una de las dos partes en contienda, y las dos a la vez, estarán bajo el influjo de mis dedos vertiginosos frente al teclado. Pero la descarté.

La última opción que barajé antes de desistir fue evolucionar las palabras, transformarlas en un nuevo concepto, jugar con derivadas de sus significados y significantes iniciales. Pero eso era hacer trampa, un burda estrategia para adaptar las palabras y no esforzarme en construir una historía entrañable. De pronto me di cuenta de la realidad. Me había convertido en un hombre de traje gris, sin alma ni sueños propios. Un tipo con pies de plomo que ya no podía volar. Había desaparecido mi inocencia y la capacidad de sorprenderme. 

En mi vida ya no habían ni reyes, ni princesas, ni tan siquiera un unicornio azul que me guiara. Mi fantasía, como en «La historia interminable» se había consumido y ningún Atreyu podría salvarme de mi gramática parda, esa que tan sólo me había dado las fuerzas necesarias para construir un mundo irreal de poder, dinero y lujo. Necesitaba un nuevo relato, un nuevo diccionario donde la palabra fantasía se escribiera con letras mayusculas. Pero para escribir era imprescindible contar con una gramática limpia y nueva que me ilusionara otra vez,  que me transportara a esos mundos tan imaginarios como reales que todos necesitamos para sobrevivir en un mundo de negros grises y blancos que ciegan la razón. 

Compré un cuaderno nuevo. Abrí la primera página y escribí en letras mayúsculas: Gramática. Le di la vuelta y abriendo el cuaderno por el final, en la otra primera página escribí: Fantasía. 

Así comencé mi nueva vida. Tenía en mi mis manos las dos caras de la misma moneda, las dos versiones de mi, mi sentido de vida: una gramática de fantasía.

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