Vivir sin ver

Me había acostumbrado al dolor del pecho. Mis amigos me decían que era algo que tenía que cuidarme, ir a un médico y sobre todo bajar el ritmo. Pero lo cierto era que a mi sólo me preocupaba que cada vez veía menos, mis ojos se turbaban y las letras tan sólo eran borrones negros sobre el blanco papel.

Abel era una persona inquieta, no pensaba mucho las cosas, era simplemente un hombre de acción. La vida le llevó a ser operativo, caminar hacia delante sin mirar por un momento, ni desde donde partía, ni que dejaba atrás. Su juventud transcurrió entre la calle, su verdadero padre, y las casas de cualquier amigo dispuesto a acoger al niño encantador que de nada se quejaba y todo le parecía bien. Eso sí lo tuvo claro desde el principio, debía ser amable con todo el mundo si quería sobrevivir solo en la vida.

Durante sus años en la universidad de la vida, supo entender en cada momento su entorno, leer las necesidades de las personas y crear soluciones inverosímiles donde otros tan sólo veían problemas irresolubles. Claro está, una vida dedicada al mundo que le rodeaba hizo que pediera de vista sus necesidades y legítimas aspiraciones. Abel, sin compañía ni tutor que le guiara, aprendió de todo lo que le pasaba a su alrededor, pero se olvidó de mirar hacia dentro, hacia su ser.

Así fue pasando el tiempo, siempre atento a los problemas de un familiar, un amigo, o incluso el amigo del amigo que era familiar de alguien cercano a alguien. Su capacidad de escuchar se transformó en su profesión y su despacho de psicología clínica se convirtió en una de los más afamadas de Madrid. Su vida era un contrasentido. Éxito en los negocios y fracaso en su vida personal. Siempre dispuesto a escuchar y nadie dispuesto a escucharle. Solucionaba los problemas de los demás sin saber como arreglar los suyos propios. Pero Abel sólo tenía una cosa excelente, era al que todos buscaban, para bien o para mal, y a eso no estaba dispuesto a renunciar.

Consiguió hacerse un hueco como profesor asociado en la universidad. Le ilusionaba esa nueva etapa, cambiaría su rol de oyente atento por la conferenciante. El tema no es que le apasionara, pero como siempre que había un hueco que cubrir, ahí estaba Abel dispuesto a ayudar. Lo cierto era que ningún otro profesor estaba dispuesto a dar esas clases.

Una tarde en la universidad, después de un día de estrés en la clínica, esa tensión que siempre había sabido controlar, explotó. Las quejas de los alumnos por los exámenes, su falta de empatía con los profesores y su descarada dejadez en el quehacer diario, hizo que Abel rompiera su silencio interno.

— ¿Deberíais preguntaros que hacéis aquí? Estáis robando el tiempo, no sólo el, mío sino también el de los que no tienen el privilegio, como vosotros. de ir a la universidad. No apreciáis el esfuerzo de vuestros padres, ni tampoco el que yo hago para preparar las clases y daros todos los días un tema distinto ¿Creéis que esto está pagado? ¿Que por trescientos euros de mierda merece la pena venir aquí todas las tardes a aguantar vuestra indolencia? Mirad, no necesito el dinero, ¿os creéis que soy un muerto de hambre que necesita esto? Pues no, no lo necesito, sólo quiero transmitiros lo que la vida me ha enseñado, la experiencia del día a día que no encontraréis en los libros y mucho menos en internet. La vida, vuestras vidas, no se mide en likes y amigos de facebook, ni con selfie de vosotros frente a vosotros mismos. La vida es química orgánica, es tocar el alma que hay frente a ti, ver y sentir la piel de la otra persona cuando le dices, a la cara, «te quiero». Eso es real, eso es la vida. 

El silencio que había presidido la clase, mientras él hablaba, se rompió de golpe nada más terminar su arenga. Varios alumnos, algo más de una decena, recogieron su portátil y entre murmullos y algún que otro insulto, salieron del aula pegando portazos. El resto de la clase permaneció inmóvil en su sitio. Nadie sabía que decir, excepto ella, Analía, la alumna más joven de la clase, la que siempre hacía las tareas y nunca levantó la voz. No se sabía mucho de ella, tan sólo era visible porque sus notas se median por matriculas de honor, estudiaba para no pagar, convirtió la necesidad en virtud.

—Con el debido respeto profesor, no está usted en el derecho de romper la clase de esta manera. Los insultos son una falta de respeto, ya debería de saberlo, algo que no estamos dispuestos a consentir, ni yo, ni mis compañeros. Su reacción ha sido desmedida y fuera de lugar. Venimos voluntariamente a clase y cumplimos con nuestras obligaciones como estudiantes. No somos desleales con esta universidad, ni con  nuestros padres, después del esfuerzo económico que hacen para que estemos aquí. Sabemos cuales son nuestras obligaciones, pero también sabemos nuestros derechos, y sinceramente usted hoy los ha vulnerado. Pero, no me molesta eso, hasta podría pasarlo por alto, lo que no puedo comprender y aceptar es que usted no se haya dado cuenta lo que supone para nosotros, como admiramos sus clases y además, no se ha ya dado cuenta que es el aula donde más alumnos hay, pero eso usted no ha querido verlo. Puedo entender, que tenga un mal día, que no haya medido las consecuencias de sus actos, pero por mi parte, no acepto que haya cruzado mi espacio sin permiso.

Aquel momento marcó mi vida. Aunque ya no puedo leer mis notas de aquel día, las recuerdo perfectamente, palabra sobre palabra. Aquel día deje la universidad, cerré la clínica y desaparecí del mundo.  Estas cuatro paredes, ahora ya a oscuras, han sido mi refugio, mi asilo voluntario. Espero dejar algún buen recuerdo y una enseñanza para quien quiera oírla: «escucha, mira, habla»

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