El teatro de los días felices

Había leído en el diccionario que la soledad es la ausencia de compañía, voluntaria o involuntaria. Un sentimiento o una realidad que nos consume, en cualquier caso, una situación que nos obliga a vivir de otra manera. La soledad, es como estar en mitad de un tumulto de gente siendo invisible a todos, o ser despedido de la vida de alguien, o querer vivir sin sentir el dolor de tu entorno o que alguien te prohíba traspasar su espacio personal.

Analía conocía a todas y cada una de las persona de aquel concurrido barrio del centro de Londres, o eso creía. Desde el interior del quiosco verde, herencia de su divorcio, observaba durante todo el día la vida de propios y extraños. Seguramente sólo eran sus imaginaciones, un juego para pasar las horas metida dentro de aquel contenedor de periódicos y revistas; pero a ella, sentir la vida de otros, le hacía sentirse bien, algo que le permitía no pensar en la suya.

Como la del camarero que estaba enamorado de la clienta que compraba todos los días su coffe latte, ajena a los sentimientos que él tenía por ella. O de la becaria, que sin cruzar palabra con nadie, entraba cada día al Royal Courts of Justice para aprender a ser una prestigiosa abogada. O la de aquel joven, que antes vestía trajes de Armani, pero que de un tiempo atrás, llegaba desaliñado al trabajo. O la historia que más le gustaba a ella, la de aquella mujer que tras muchos años de tristeza solitaria, ahora iba todos los jueves, a comprar una cajita de té a la pequeña tienda Twinings, cogida del brazo de un apuesto muchacho.

Aquel trabajo no le exigía grandes esfuerzos y eso le permitía evadirse de su vida, de su solitaria y triste vida de desgracias y sueños rotos. Lejos quedaron aquellos días donde el ruido del hogar inundaba su casa. Ahora, la mitad de su vida transcurría entre las historias ajenas y la venta de todo tipo de artículos que aminoraran las deudas acumuladas por el desamor.

Los seis metros cuadrados que ocupaba el quiosco de Analía se convertían en algo más del doble gracias a un sistema de alas batientes, mesas plegables y expositores varios que le permitían mejorar su oferta de productos. La era digital estaba acabando con la venta de periódicos y ella tuvo que buscar nuevos productos que ofrecer a su variada clientela.

Todos los días vivía la misma secuencia. Los brokers llegaban los primeros, en torno a las seis de la mañana, poco después de que ella abriera las pesadas puertas expositoras y colocara la mesa bajo la ventana que le protegía de los viandantes. Antes de la nueve, hacían su aparición los abogados, trajeados, elegantes y muy educados. A media mañana, los habituales clientes que le compraban las revistas; de manera esporádica, a lo lardo de todo el día, los turistas que pasaban frente al quiosco y no se resistían a comprar una guía de Londres, una postal del Big Ben, o el Daily Mirror como recuerdo de su paso por la ciudad londinense. Las tardes eran para los niños, que por poco más de una libra, se atiborraban de golosinas y chocolates. El resto del tiempo era suyo, su momento para imaginar que historias escondía la realidad.

De nada le servia ahora sus estudios en sociología, ni su postgrado en análisis del comportamiento humano, ahora tan solo se dedicaba a ser amable, sonreír y tener todo listo para que cualquier persona tuviera su revista o periódico en menos de un minuto, el reloj en la City apremiaba.

Lejos quedaba ya su trabajo como investigadora para el centro de estudios sociológicos, donde en cada proyecto se necesitaban horas y horas para entender a las personas y predecir su comportamiento. Analía ya no quería entender que pensaba la gente, ni tan siquiera quería saber la realidad de cada una de las personas, que día tras día, le compraba el periódico. Ella tan solo deseaba ocupar las horas, que su cabeza no le molestará recordándole su vida, su pasado, su historia, su ruptura. Ella tan solo quería trabajar para, no recordar y olvidar.

Hubo un tiempo que vivir era un circo de tres pistas, donde el trabajo era tan solo la actividad que le daba el sustento para poder hacer realidad, todos sus sueños. Los pies en la tierra, las ilusiones en el cielo y la vida en la luna. Amar y ser amada.

Ahora nadie le esperaba en su casa, ni nadie le llamaba a media tarde para preguntarle con voz enamorada: «¿Te queda mucho para llegar a casa?». Su soledad era doblemente real, la que ella no deseaba y la que construyó para que nunca más, otra persona le hiciera daño. Había renunciado a sufrir, a reír, a tener una vida real.

Afortunadamente el trasiego de clientes le dejaba poco tiempo libre, tampoco lo deseaba. De lunes a lunes su vida transcurría entre aquellos pocos metros de acera, siempre ocupada, recogiendo, montando, limpiando, reparando, pintando o simplemente esperando el siguiente cliente. El trabajo era toda su vida. Ya no necesitaba tener momentos propios, ni espacios muertos, tan solo unos minutos para ver que todos sus personajes estaban escribiendo el guion de su pequeño teatro de los días felices.

El día iba consumiéndose. La luz se apagaba en las calles de Londres, mientras una niebla espesa volvía a invisibilizar la vida de cada uno de los actores de aquella representación de vidas imaginadas. Era el momento de recoger todo, cerrar las puertas del quiosco y encerrarse en sí. Allí permanecería una noche más, escondida entre libros no leídos, periódicos caducados y el olor a golosinas de fresa. A las seis de la mañana, comenzaría otro nuevo día.

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