Dolor ajeno que mata (heridas)

Estaba sentado en aquella sala fría de urgencias, deshumanizada, más propia de un tanatorio que de un hospital de mil euros la noche. Me encontraba solo, como de costumbre, leyendo en mi kindler una de esas novelas de amor que me hacen olvidar mi triste vida. Seguía esperando las noticias del médico de urgencias, tan solo deseaba que fueran mejores que las del anterior día.  Ya llevaba demasiados médicos en la última semana,  ni el internista, ni el estomatólogo, ni todos los que pasaron por la habitación 2017 sabían decirme que enfermedad estaba llevándome a la desesperación. Mi mala salud estaban haciendo mella en mi ya por sí agrio carácter.

Esperaba y esperaba, siempre estaba esperando, pero nunca nada cambiaba, quizá tendría que tomar cartas en el asunto, hacerme cargo de mi vida, salir de esta espiral de dolor, decepción y desesperación y poner solución a todos mis problemas. Medio siglo de vida no era excusa para dejarse llevar por los elementos. Me había convertido en un perdedor quejica que culpaba a todos de mis propios males 

El silencio de la sala y el ruido de mi cabeza se rompieron con la llegada de un nuevo paciente. No era la primera vez que venían, según pude oír, me gustaba salir de mi triste vida para entrar en la de otros, era gratificante comprobar que las mismas mierdas que me atormentaban a mí, machacaban al resto de los mortales. Pero en esta ocasión no era así, se trataban de problemas reales de esos que paralizan todas las vidas cercanas del desgraciado ególatra. Deje de escuchar y volví a centrarme en la lectura, refugio de mis decepciones y creadora de mundos paralelos.

Volví a estar en soledad, aunque frente a mi, sentados en sillones contiguos, un padre murmuraba a  su hijo que no se preocupará, que seguramente no sería nada, pero que era necesario que el médico le examinará para comprobar que los golpes del día anterior no habían causado daños irreparables. No pude seguir leyendo. Aquella imagen de un padre abatido recobrando fuerzas para empujar a su hijo fuera de aquel mundo de perdición me sobrecogió. Él joven no articulaba palabra, sin embargo su aspecto lo decía todo, la cabeza inclinada hacia delante, casi manteniéndose en un equilibrio imposible para no caerse al suelo llevado por la fuerza de la gravedad; su cuerpo encogido; el estomago pegado a su espalda; las piernas abiertas y los antebrazos apoyados en ellas evitando que languidecieran de su cuerpo buscando el suelo: su mirada perdida en el vacío, sin destino ni presente, solo unas cuencas vacías de  sentido y  sensibilidad.

El altavoz de la sala de urgencias, ajeno a la cruda realidad que se vivía en aquella sala, anunció el nombre de aquel joven —Andrés Francisco, box uno, por favor—. Su padre, nuevamente, con la fuerza que da el dolor ajeno, le ayudó a levantarse y le indicó la puerta por donde debía entrar. Andrés entro en el pasillo, caminó al despacho del médico, como otras tantas veces, sin volver la cabeza avanzó al interior, mientras, su padre, veía como, esta vez sí, su hijo le hacía caso y seguía sus indicaciones. 

La puerta se cerró y el silencio volvió a la sala con un sabor de amargura que impregnaba todo el ambiente, el hombre cayó abatido sobre el asiento situado justo al lado del mío, cerró los ojos, no sé si  intentando salir de aquella pesadilla o simplemente recuperando fuerzas. Era consciente de lo que le esperaba cuando su hijo nuevamente se recuperara, y como siempre ocurre, volviera a las andadas. Por dos segundos estuvo inmóvil, con los ojos cerrados mirando el techo, nada le trajo nuevamente al mundo real, pero volvió. Repasaba la carpeta con los partes del día anterior que relataban las heridas internas sufridas por la paliza que le habían propinado a su hijo, en un conocido parque de la ciudad, donde los repudiados de la sociedad alimentaban sus sueños con chutes de emociones fuertes. Volvió a cerrar los ojos un efímero instante, pero nuevamente su responsabilidad le llevó a saber que no podía tener un momento de debilidad. Aquél hombre era la definición visible de la desesperación.

Mi dolor había remitido tan misteriosamente como el sentimiento de empatía que me había nacido hacía aquel hombre abatido. No me atreví a preguntarle, era un buen oyente (algunas personas dirían cotilla) pero un mal interlocutor. Seguí allí sentado, observando, haciéndome cargo del dolor de un desconocido, olvidándome que hasta ese día mi vida había sido insignificante por voluntad propia. Yo que ni tan siquiera tenía pareja, no podía saber que sentía de verdad aquel hombre, pero si había sido hijo en algún momento. Sin tan siquiera pensarlo, ni buscarlo, como quizá hubiera sido lógico, me acordé de mi padre, aquel cabronazo que se dedicó toda su corta vida a demostrarnos que el amor y los sueños no eran para los pobres. 

Andrés salió de la consulta sonriendo. Su padre, de un salto, tirando los papeles al suelo fue a su encuentro. Allí estaban don hombres, dos personas, dos seres que se amaban compartiendo el dolor, la decepción y la alegría de saber que todavía podían y querían construir un futuro juntos. Lloraban sin pudor, sin vergüenza, sin tener en cuenta quien tenían a su alrededor. Entre sollozos y suspiros llegue a escuchar al padre decirle a su hijo: «no te preocupes, saldremos juntos de esta»

Mientras los dos recogían los papeles que habían caído al suelo, me levante de mi asiento en silencio, me acerqué al mostrador de urgencias, arranqué la pulsera que me identificaba como paciente, salí de aquel hospital, cogí el primer taxi que pasaba destino al mejor restaurante de la ciudad,  dos meses sin comer bien se merecían vivir una experiencia culinaria que alimentara no solo mi estómago, sino mi alma. De esto ya hace un año. No volví a saber nada de Andrés, ni de su padre, pero yo no he vuelto a pisar un hospital.

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