Vivir en soledad

Llego el momento que estaba esperando. No había pasado ningún día, en los últimos cuatro años, en el que no hubiera pensado en ese momento, el día que ya no tuviera que trabaja más. Era 1 de Septiembre de 2014 y Ángela cumplía 65 años.

Hacía ya cuatro años que su marido había muerto de un infarto. Una vida dedicada a trabajar y trabajar se había acabado de pronto, sin tiempo para disfrutar, hurtándoles su soñada jubilación de viajes y familia. Desde ese fatídico día, la soledad se apoderó de su vida. Ángela se sentía inútil, perdida, abandonada. Era como si hubiera vuelto a nacer, pero sin fuerzas, ni motivación, ni capacidad para afrontar una vida sola. 

José, su marido, había sido un hombre educado en una sociedad donde ellos trabajaban y ellas tenían encomendadas las tareas de cuidar de sus maridos, hacer de la casa un hogar y criar hijos que fueran el orgullo de la familia. Sin embargo, ella nunca se sintió protagonista de esa idea de mujer atada al destino de su marido. Hizo oídos sordos a  las críticas y empezó a trabajar, con la ayuda de José, como maestra en la escuela del pueblo. Allí permanecería hasta el último día.

El pueblo donde había vivido toda su vida había crecido en los últimos años, quizá algo tarde, no para ella, que ya se había acostumbrado, sino para sus dos hijas que pronto se fueron a la capital en busca de trabajo. Encontraron buenos empleos en la universidad, se casaron y tuvieron hijos que ya no volvieron a aquel pueblo e hicieron de la capital, su hogar.

Tras la muerte de su marido, sus hijas le habían pedido que se fuera a vivir a la ciudad con ellas, pero Ángela no quería abandonar su trabajo, esas almas descarriadas que tantas alegrías y disgustos les daba; ni su hogar, en el que tanto esfuerzo y cariño habían puesto José y ella; ni su barrio, donde todo estaba casi al alcance de la mano, la verdulería de Adelita, la carnicería de Abelardo y como no, la Farmacia de Doña Anabel donde comprar sus múltiples medicamentos; y mucho menos quería perder su club de lectura de los martes, ni sus miércoles de Mus en el centro social junto a su casa. ¿Que más podía necesitar?

El colegio le pidió, mil y una vez, que se quedará, que siguiera dando clases, pero ella quería recuperar su vida, volver a sentirse libre. Por primera vez en todo ese tiempo ansiaba ser otra vez ella, soltar ese dolor que le acompañaba, desde la muerte de su marido, librarse de la necesidad de trabajar y por fin poder dedicarse tiempo.

Abandonó la soledad, para únicamente vivir sola. Escribió sus memorias; aprendió a cocinar paella, siempre había querido aprender y nunca llegaba el momento; comenzó a cantar en el coro de la iglesia, y como no, nunca falló a su partida de mus, ni a sus lecturas de los martes. Su casa era todo, su país, su pueblo, su presente y su futuro.

Así fue pasando el tiempo, cumpliendo años, viendo como, por desgracia, cada vez eran más las amigas viudas las que se incorporaban al club de lecturas. Los días se hacían más largos, sus achaques de salud más frecuentes y las visitas de sus nietos, menos habituales.

Todo a su alrededor iba cambiando poco a poco. Las viejas tiendas eran sustituidas por modernos supermercados. Los escalones de su casa, sin saber muy bien porque ley física, seguían creciendo en número y altura. Y las amigas que antes eran habituales en el parque, una tras otra,  iban recluyéndose en sus casas viviendo la soledad a solas y sintiendo como sus vidas se apagaban. Llego a pensar que el universo había decidido urdir un plan para castigarla por sus pecados pasados. 

Ángela no estaba dispuesta a dejarse llevar por su desánimo y su falta de fuerza física. Ella no quería correr el mismo destino que Angelita, que sentada en el sillón, con una manta sobre sus rodillas. la muerte la visitó antes de que lo hiciera su familia.  

Desde ese día decidió romper con la soledad que le había vuelto a encerrar en sí y volvió a tomar las riendas de su vida. Abrió las ventanas de su casa. Se deshizo de los viejos recuerdos que le ataban a su dolor y desempolvó su colección de viejos libros. 

Con mucho esfuerzo y poca destreza, cosió en su viejo abrigo, dos bolsillos internos para poder llevar libros sin tener que coger, con sus débiles manos, un peso que no podría levantar. Agarró al azar los dos primeros libros, los colocó en su nuevo transportador de historias y salió al encuentro de otras soledades hartas de estar solas.

Aquello que había empezado como una terapia propia, se convirtió en poco tiempo en un movimiento organizado de decenas de voluntarios que querían compartir historias que curaran soledades. Todo el pueblo estaba unido a todo el pueblo, juntos hacían una comunidad de personas que amaban a personas. No faltaban manos ni buenas voluntades, incluso Don Bernardo, el párroco de la iglesia donde ella cantaba, instaló una pequeña estantería con los libros que los feligreses iban donado y que ella se encargó de clasificar y organizar con los alumnos de catequesis, que además, los llevaban a todas las personas en cualquier rincón del pueblo. Incluso había conseguido hasta lo más difícil, que Adelita, que perdió hasta su sonrisa cuando cerró la verdulería, ahora volvía a ser feliz acompañada de libros y cuentos que sus propios nietos le leían cada día. Ángela no dejó de regalar historias a todas aquellas mujeres que la caprichosa vida, les había arrebatado su media naranja y al mismo tiempo les daba años de soledad. 

Ella siguió leyendo sola en su casa, su hogar. Sus ojos ya cansados no le permitían leer y sus manos dibujaban letras temblorosas, aun así, escribió en todos y cada uno de los libros, «vivir sola, no es vivir en soledad»

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