Renacer en la memoria

Se quedó sentado frente a la puerta, pero por dentro, en el interior de la que había sido su casa y en el que sería por siempre, su hogar. Fuera ya no quedaba nadie. Él seria el último y el único que estaba inscrito en el censo de Aruej, ya todos se habían ido, pero no estaba dispuesto a abandonar su pueblo, sus raíces y su trabajo.

Aunque no fue fácil vivir en aquel pueblo, nunca pensó en buscar otro sitio donde ir. Él no había conocido qué era vivir en la gran ciudad rodeado de edificios altos y coches ocupando todos los espacios. Tampoco llegó a ver a las gentes paseando por las calles sin hablar, ni abrazarse ni desearse un buen día. Él no pudo añorar aquello que no conocía aunque su nieta le contara, todos los fines de semana, las ventajas innumerables que tenía vivir en la ciudad, mientras repasaba en su móvil las últimas noticias y mensajes de sus amigos virtuales.

Don Cosme Miranda recordaba cada una de las personas que habían estado en su pueblo, aquellas que ya no aparecían en el censo, pero que sin embargo, permanecían en su memoria como si en un presente continuo de noventa y dos años siguiera viviendo. Amaba su pueblo y sus gentes, esas que durante tres décadas le habían dado su confianza para que fuera el Alcalde de Aruej. No estaba dispuesto a abandonar aquello que era tan él como su propio ser. Ese era su lugar, su historia, su presente y su vida

Apoyado en su bastón, con los ojos entrecerrados podía todavía oír, sin mucha dificultad, a los niños jugando con aquella maestra en prácticas que vino con la ilusión de la inocencia. Más allá, sentía el sonido del aserradero mezclado con los mugidos de las vacas de la granja de Ara, aquella mujer si que tenía carácter, nadie se atrevió a discutirle el precio de la leche que cambiaba cada mañana. Un sonido fuerte le sobresaltó, el párroco, en la mesa de railite del bar de Peña, estrellaba el seis cinco cerrando el juego y ganando la partida de dominó por primera vez en años.

Al abrir los ojos volvió nuevamente el silencio, aquel que le acompañaba desde hacía cinco años cuando su querida Jara decidió dejarse llevar sumiéndolo en la oscuridad y la tristeza de un ayer ya olvidado.

Después de treinta años sin que nadie pisara las tierras de Aruej. Las calles recién asfaltadas recibirían a la comitiva oficial, había llegado el día de su refundación. La productora de televisión que había comprado aquel pueblo abandonado para convertirlo un gran plató al aire libre, lo tenía todo previsto.

Desde el atril, visiblemente emocionada, la directora del proyecto Jara Miranda, hablaba a los cientos de medios de comunicación que se habían congregado para aquella presentación mientras que su mano apretaba un viejo recorte de periódico de 1976 en el que se podía leer: “Hallan anciano muerto en un pueblo abandonado de Huesca”

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