Irreparable

Había cogido alguna vez un hilván, aunque nunca le había hecho falta. Amanda era feliz cosiendo las heridas de sus vecinos, aquellos que se acercaban a su casa para que  ella, con el hilo más fino de empatía y comprensión, reparara el dolor ajeno. 

Aquel hombre gris, que sigilosamente se  acercó a su puerta, le pidió que le acompañara a la ciudad. Aunque intento convencerla de que su trabajo era vital ella sabía que para hilvanar las piezas de un mundo roto por la guerra más cruenta, ni sus manos eran ya suficiente, ni ella estaba dispuesta a vender su alma a aquel diablo.

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