Desgraciado y patético ser

No tenía tiempo para soñar, era un lujo que no estaba a su alcance. Sabía que su vida era un caos, pero no le importaba mientras la rueda siguiera girando y él, estuviera siempre en lo alto de la noria. Tenía que vivir al límite, sentir el día a día como segundos que recorren el tiempo, aunque no se diera cuenta que cada instante era un pasado que él nunca volvería a recordar. El trabajo le exigía más y más, no podía estar a medias. El límite entre lo personal y lo laboral se había convertido en una delgada línea que ya era difícil vislumbrar, aunque tampoco le importaba, se había convertido en su propio jefe, sin saberlo estaba en el círculo vicioso de la agonía del ser. Día a día se iba desdibujando y era inevitable que pasara lo que tenía que pasar, y la vida se encargó de que pasara.

La sexta planta del complejo de oficinas donde vivía Arthur, estaba situado en el centro del área financiera de la ciudad. Era el punto neurálgico donde se diseñaba el nuevo mundo, y este se replicaba como un tsunami que arrasaba con todo. Él era parte de esa élite, de ese movimiento de jóvenes altamente cualificados a los que solo les importaba que las cuentas finales de sus operaciones no bajaran de las seis cifras. Vivían, por así decirlo, al límite de sus capacidades y eso les hacía sentirse poderosos. Acumulaban beneficios que se convertían en grandes primas de dinero afincadas en paraísos fiscales con el que acumulaban tanta riqueza como estupidez.

Sentía que el poder estaba en sus manos. Las manos de los poderosos, de sus cuentas corrientes, sus empresas cotizadas y de aquellos que estuvieran dispuestos a renunciar a la vida mundana, por felicidad contante y sonante. El valor era el precio, la vida era un piedra preciosa que nadie pudo alcanzar. Aun así, él se sentía realizado frente a la pantalla del ordenador, movía números sin conocer muy bien qué sentido tenía su acción, tan sólo sabía que al final del día el resultado debía estar entre ganar o ganar mucho.

Arthur, era hijo de una familia adinerada y forjado entre algodones. Como no había vivido otra vida era preso de su propia felicidad material, de su deseo de tener más, aunque eso significara renunciar a lo que no conocía, aquello que nunca vio. Aunque la pobreza estuviera a su alrededor, en su propia calle o en el parque donde paseaba los domingos de 7 a 7,30 a sus dos Terrier Negro Ruso de cinco mil dólares, él estaba inmunizado, era una realidad que no entraba en su estrecha mirada. Su mundo comenzaba a partir de las cuatro cifras, no necesitaba escatimar en los gastos, ni tampoco lo pretendía. Cada emoción tenía que ser sustituida por otra emoción aun mayor, o más brillante, o simplemente más cara. La rueda no podía parar, pero paró, sin saber porque, ni tan siquiera sabiéndolo, el final de una felicidad comprada, era un fracaso tras otro.

Al principio apenas era visible, una agujero tapaba otro agujero, pero llegó el momento en que difícilmente podía esconder la realidad de lo que nunca fue real. La consecuencia fue rápida, su vida comenzaba a desmoronarse. La felicidad fingida se convirtió en una tragicomedia en la que todo el mundo se reía menos él, se había convertido en la imagen viva de la devastación del ser, un actor de un mundo irreal que ahora sufría de la cruda realidad de una vida sin verdadera ni falsa felicidad.

Las cuatro cifras, que en otro momento derivaban a infinito, ahora tendían a cero, a la insignificancia. Todo empezaba a cobrar sentido y donde el precio se correspondía con el valor real de sus cosas, nada. Los sueños pasaron a ocupar su tiempo, la desesperación se hizo cargo de su vida y los segundos se convertían en horas. A pesar de todo Arthur siguió pensando que todo era un pequeño altibajo del destino, algo que no merecía y que pasaría tan rápido como había llegado. Se decía, una y otra vez, que todo era cuestión de trabajar más y más, sin embargo aunque efectivamente multiplicó las horas en la oficina, el resultado fue el mismo, su felicidad languidecía tan rápido como su cuenta corriente se consumía, desaparecían sus coches de lujo y aquel ático que daba a Central Park era subastado.

Así fue pasando el tiempo, vagando de hotel en hotel, de fiesta en fiesta y de comida en comida, buscando una oportunidad que le devolviera al círculo de los poderosos, el de aquellos que nunca sufrirán la vida mientras quedara dinero para una nueva copa de Champagne. Sin embargo, Arthur ya no podía permitirse seguir en la rueda de la fortuna y su desgracia iba acrecentándose tan rápida como la pérdida de su felicidad material. No había conocido otra vida, ni desgracia que le diera sentido a su ser, ni felicidad que no fuera adquirida con mi AmericanExpress.

Esa fue mi vida. La maldita crisis global nos igualo a todos, pero a peor. Es verdad que ahora ya no me quejo de la falta de tiempo, ni de ese dolor de espalda que me tenía encorvado, ni tan siquiera, de tener que aguantar aquellas fiestas interminables donde el caviar se mezclaba con el Champagne frio servido en copas de cristal de bohemia.

Ahora todos nos miramos y culpamos a los mercados de llevarse por delante nuestra vida, sin embargo yo sufrí más, perdí más que los que hoy se sientan a mi lado en el metro quejándose del mundo sin tomar partido en él. Qué sabrán ellos del dolor que se siente al tener que desprenderte de todas las cosas que hicieron que tu vida tuviera sentido! No saben qué es pasar de vivir en el cielo del mundo, a tener que andar por el infierno terrenal. Desagradecidos y patéticos seres, al fin y al cabo ellos solo han perdido la esperanza.

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