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«El árbitro añadió catorce minutos», logré decir, sin embargo, aquellos tecnócratas de bata blanca no solo no me entendían, sino que, además, dudaban de mi relato. El interrogatorio era una mezcla de incredulidad y perplejidad. Una pregunta llevaba a otra y otra, y otra, sin que mis respuestas les sirvieran para que entender algo normal en 1985, todo les parecía inverosímil.

Mientras yo hablaba, ellos no paraban de mirar sus dispositivos móviles analizando millones de datos que corroboraran mi historia, pero en un mundo donde todo es perfección y un segundo cuenta como una vida, ocho cientos cuarenta mil millones de nanosegundos suponía un tiempo perdido inexplicablemente.

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