Pobre

Siempre como nuevos, para aquellos zapatos de charol rojo el tiempo no pasaba. Cada mañana mi madre me los limpiaba, abrillantaba y cosía para que no tuvieran ningún hilo suelto. Recuerdo el día que llovió y llegué a casa con los zapatos totalmente empapados, arrugados y con el charol agrietado. Yo no pude dormir de tristeza, mi madre, no durmió arreglando cada desperfecto a la luz de la vela, para que yo tuviera unos zapatos con los que ir al colegio. Hoy tengo cientos de zapatos, luces de todos los colores y la tristeza que da el no haberle dicho entonces “gracias mama”

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