Una nueva luz

Sentado tras la ventana escuchaba la vida. El sonido del silencio cautivo se entremezclaba con el crujir de las ramas contra la fachada de piedra de la casa. Fuera, la oscuridad ocupaba cada rincón del pueblo. Dentro, el fuego iluminaba la estancia. 

Su salón era ahora demasiado grande, en otros momentos fue el escenario de penas y alegrías. Una estantería con los libros que había ido adquiriendo durante toda la vida presidía el espacio. Frente a ella, la mecedora de madera de roble que Eulalia hizo con sus propias manos, qué destreza tenía, era increíble la fuerza que poseía aquella mujer de tan solo cuarenta kilos para moldear la madera a su antojo. La chimenea de piedra que mantenía vivo el calor de la vida, era el punto de encuentro de amigos y extraños pasajeros que, por un momento, encontraron en la casa de Avelino su hogar.

Sin embargo, lo más importante de aquella estancia, de aquella casa y de aquel pueblo era la mesa de madera de pino que se había convertido en el patrimonio de todos. Cada año, los quintos salían al monte a limpiar la hojarasca y las ramas vencidas por la naturaleza. La tradición consistía, año tras año, en cortar el pino más grande para plantarlo en el centro de la plaza y que los mozos treparan por él para demostrar su valía frente a ellas que, coquetas y recatadas, los esperaban con la vasos llenos de vino de la mejor cosecha en el centro de la plaza. 

Con la madera de los últimos tres pinos se construyó una mesa de diez metros para honrar a la persona más importante del pueblo, aquel que había estado siempre al servicio de todos y cada uno de los vecinos, a quién todo el mundo acudía para dirimir cuitas, celebrar acuerdos o simplemente para pasar un rato agradable hablando del sentido de la vida. 

Por aquellos tiempos Avelino era el alcalde del pueblo, no por votación democrática sino por aclamación popular. No había nadie más querido en el valle que aquella pareja que hacían de la vida en el campo algo más que un subsistir. Eran el alma, la esperanza y la ilusión de un pueblo que se sentía morir por algo que no entendían muy bien pero que desde la capital llamaban “reto demográfico”. —Qué idiotez— Repetía una y otra vez Avelino cuando alguien venía con miedo o incertidumbre,—¿Irse a vivir a la ciudad teniendo todo aquí en el pueblo?—. Claro está que para él todo significaba simplemente vivir y compartir la vida.

El tiempo avanzó y el progreso arrastraba la realidad a otro mundo, a otros espacios, a otras prioridades y a otro concepto del todo. La tranquilidad pasó a ser sinónimo de muerte. Lo natural pasó a ser normalizado con estándares de calidad. La fiesta se consideró liturgia retrógrada. La distancia era sinónimo de aislamiento. El futuro se transformó, de la noche a la mañana, en pasado. Y así, aquello que hasta el momento era la mejor forma de vivir, se convirtió en el cementerio del que todos quería huir.

Avelino, hombre de campo pero leído, no entendía qué pasaba. Para él la vida seguía teniendo el valor de la verdadera existencia, frente a un impostado futuro material que se comía por dentro la felicidad de aquellos que caían en sus garras. Su pasado, su presente y su futuro estaban donde él y Eulalia decidieran estar. Y así lo hicieron, permanecieron inmóviles en su hogar, su espacio irremplazable, ese que les daba todo lo que necesitaban. 

Poco a poco, aunque más rápido de lo que ellos imaginaban, el pueblo fue transformándose en silencio. Primero se fueron los más jóvenes que iban a estudiar a otro pueblo de la comarca o la capital. Luego sus padres con el pretexto de no tener que conducir cada mañana y cada tarde. Conforme desaparecía la gente fueron cerrando los negocios: la papelería, el colmado y hasta la panadería de Doña Manuela que llevaba abierta desde hacía tres generaciones. Todos habían decidido que lo mejor era buscar la felicidad en otras luces.

Avelino siguió en el pueblo y nuevamente fue el alcalde por aclamación popular, habían cosas que podían cambiar. Abrió una biblioteca en el despacho del alcalde, una tienda de ultramarinos en los bajos de las viejas cocheras de los camiones, que ya no recogían la uva, y hasta convenció a la panadería del pueblo de arriba para que todos los días llevaran el pan que él distribuiría a los poco más de de diez vecinos que quedaban en el pueblo. Todo debía continuar.

Durante lo veranos la vida volvía al pueblo. Las casas sonreían y sus luces iluminaban las calles. El silencio de la noche se plagaba de multitud de sonidos que llenaban cada rincón. El recuerdo de un pasado que seguía vivo le dio fuerzas a Avelino. Habló con cada uno de los vecinos, los de toda la vida y los que allí llegaron buscando la vida auténtica. Los escuchó sin más pretensión que saber qué era eso del “reto demográfico” que tanto hablaban en los periódicos. Preguntaba, repreguntaba y en cada una de las preguntas, sembraba una duda en su interlocutor. 

El verano llegó a su fin y el pueblo volvió a sumirse en un silencio de vida y naturaleza auténtica. Sin embargo, algo estaba cambiando. Esta vez se podía ver cómo el pasado le robaba minutos al futuro para convertirse en un nuevo presente. 

Igual que se fue el verano llegó el invierno, la inexorable verdad del tiempo. Eulalia sentada en la puerta de casa, envuelta en el chal que le regaló su madre al casarse, no dejaba de sonreír, sabía que Avelino lo había vuelto a conseguir. En silencio, todo el pueblo esperaba el momento, ese que supondría que volvería la alegría, la felicidad y la risa a las calles del pueblo. 

Se oyó una cuenta atrás, un retroceder de números que finalizó iluminando el pueblo con una nueva luz.

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