Envidia

Su marido era insufrible, ella todo un encanto. Me contaron que se habían conocido a través de una página web, aquel curso de informática en el centro social les hizo descubrirse en la red, aunque todos los domingos se sentaban en el mismo banco de la iglesia.   

Aquella noche nos habían invitado a cenar a su casa. Eran nuevos en el barrio y por cortesía aceptamos. Maldita la hora. Todo el tiempo le regalaba halagos, caricias y besos casi furtivos. Ella, a sus ochenta años, tan solo lo miraba y le sonreía mientras, el cretino de mi marido, seguía secuestrado por su propio timeline.

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